La civilización Maya -la más avanzada de las grandes culturas de toda Mesoamérica- produjo una arquitectura espectacular. Centenares de ciudades y monumentos, salpican la gran selva tropical de Guatemala, Honduras, Belice, así como la floresta de los estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas.
Pero el carácter excepcional del arte y de la arquitectura Maya radica en un hecho paradójico que desconcierta al historiador y al antropólogo: estas obras surgieron en sociedades que no tenían ningún contacto con el Mundo Antiguo. En vísperas de la conquista española, los pueblos de Mesoamérica no estaban influenciados ni por las civilizaciones occidentales ni por las del Extremo Oriente.
Entre los habitantes de Europa y Asia, por un lado, y las sociedades amerindias, por el otro, las relaciones ya se habían cortado antes del período neolítico.
Es en esta vasta región donde las tribus de los Mayas crearon entre el comienzo de nuestra era y el siglo XII un número considerable de impresionantes edificaciones. Este legado, que equipos de arqueólogos nativos y eruditos enviados por las grandes universidades americanas o europeas se dedican a estudiar, restaurar y excavar, constituye uno de los principales testimonios del extraordinario dinamismo de las sociedades amerindias.
Estas creaciones demuestran el sentido artístico que floreció en el Nuevo Mundo, en una época en la que Europa conoció el apogeo romano, las grandes invasiones y los comienzos de la Edad Media.
LA ARQUITECTURA MAYA A TRAVÉS DEL TIEMPO
Gracias a su formidable reforma de las tierras inundadas en las planicies tropicales, los Mayas pronto empezaron a producir la cantidad de alimentos necesaria para dar de comer a miles de obreros que trabajaban en las colosales obras arquitectónicas de finales de la época preclásica (del 300 a.C. al 250 d.C.) y sobre todo de la época clásica (del 250 al 900 d.C.).
Se trata principalmente de grandes centros urbanos, como Tikal, Uaxactún, Río Azul, Copán, Quirigua, Palenque, Piedras Negras y Yaxchilán, donde se erigieron grandiosas construcciones.
Las tierras húmedas de Quintana Roo y de Campeche albergan también brillantes obras arquitectónicas que ilustran los estilos «Río Bec» y «Chenes».
Constituyen el punto de unión entre el arte Maya guatemalteco y el estilo yucateco, con emplazamientos como Kohunlich, Becán, Xpuhil, Dzibanché o Chicanná, muchos de los cuales han salido del olvido hace poco tiempo.
La arquitectura que se desarrolla hacia el norte de Yucatán ofrece ejemplos admirables. Estas obras son características del estilo «Puuc», que constituye, en cuanto a las formas y al decorado, el apogeo del arte de construir de los mayas. Tanto por la pureza de los planos de conjunto como por el rigor técnico de la realización, las construcciones de Yucatán encierran verdaderas obras maestras: en los emplazamientos de Uxmal, Kabáh, Sayil o Labná,los edificios de fachadas deslumbrantes datan del final de la época clásica (entre 800 y 900 d.C.).
La época postclásica (entre 900 y 1250 d.C.), última de desarrollo, durante la cual la civilización Maya en decadencia recibe aportaciones «extranjeras», sufre la influencia de las culturas que entonces dominan el altiplano mexicano.
El resultado son unos monumentos grandiosos, que forman una fascinante síntesis entre el arte autóctono y las corrientes mesoamericanas en vísperas del imperialismo de los aztecas de Tenochtitlán.
Este estilo tiene su centro en Chichén Itzá, y también en un emplazamiento tardío como Tulum, en la costa del mar Caribe.
FORMAS DE EXPRESIÓN
En términos arquitectónicos, los mayas elaboraron su propio lenguaje. Esto vale tanto para las reglas fundamentales -la simetría, la ortogonalidad o la axialidad (inspiradas en el cuerpo humano: las vértebras, el cuerpo y el rostro)- como para los elementos de la construcción -vanos, puertas, pilares, columnas, capiteles, frisos, cornisas, escalinatas, dinteles, bóvedas, techos, etc.
Los arquitectos Mayas adoptaron un sistema inusitado, desconcertante. Sin embargo, su manera de construir presenta más de una similitud con la de las antiguas civilizaciones.
Es cierto que los precolombinos no conocieron ni la rueda ni el torno, pero reinventaron las grandes leyes de la composición, propias del urbanismo y de la arquitectura: han sabido jugar con espacios externos, los llenos y los vacíos, las plazas rodeadas de edificaciones, la alternancia entre las masas horizontales de los palacios y la verticalidad de las pirámides.
Han utilizado terrazas y explanadas para marcar los niveles de las construcciones; han sabido construir conjuntos jalonados de esculturas, articular el tránsito mediante verdaderos arcos de triunfo; en una palabra, han convertido sus monumentos en signos externos de poder y de civilización.


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